De la cazuela cubana.

De la cazuela cubana

Rafael E. Saumell

Sam Houston State University

“Sigamos la metáfora. Ante todo una cazuela abierta. Esa es Cuba”.

Fernando Ortiz (1881-1969)

Ante todo, deseo agradecer a los doctores Ileana Fuentes-Pérez y Orlando Edreira la invitación que me hicieron para formar parte de esta reunión. Hago extensivo mi reconocimiento a todos los organizadores del Coloquio sobre la “Erradicación de la discriminación racial en la futura Cuba democrática” y a los asistentes al evento.[i]

El título de esta ponencia fue tomado de una conferencia leída el día 28 de Noviembre de 1939 por Don Fernando Ortiz a un grupo de estudiantes de la fraternidad Iota-Eta de la Universidad de la Habana. Luego apareció publicada con el título “Los factores humanos de la cubanidad”. Creo que fue allí una de las primeras oportunidades donde expresó: “Cuba es un ajiaco”. Como toda metáfora feliz, el éxito del que ha venido disfrutando desde entonces es incuestionable. Para ampliarla añadió: “Ante todo una cazuela abierta. Esa es Cuba, la isla, la olla puesta al fuego de los trópicos…” (155)[ii].

La premisa de la cual parte ese concepto nace de la formulación y de la respuesta a una pregunta que sólo en apariencia parece muy sencilla: “¿Qué es la cubanidad?” “…la cubanidad en lo humano es sobre todo una condición de cultura. La cubanidad es la pertenencia a la cultura de Cuba. Pero, ¿cuál es la cultura característica de Cuba?”  (153). La conclusión a la cual arriba es muy sabia: “la cubanidad no está solamente en el resultado sino también en el proceso de su formación, desintegrativo e integrativo, en los elementos sustanciales entrados en su acción, en el ambiente en que se opera y en las vicisitudes de su transcurso” (157).

De cuanto he citado quisiera subrayar cuatro puntos: el resultado, lo desintegrativo, lo integrativo y las vicisitudes de la cubanidad. La interpretación que hago de ellos forman la sustancia de los argumentos que van a escuchar inmediatamente.

En primer lugar, a los componentes del ajiaco tradicional según la denominación de Ortiz en 1939, se añadió veinte años después el de una revolución cuyo resultado histórico más decisivo consistió en adoptar el esquema marxista-leninista como fuerza de estado. Todo el mundo sabe que falleció en La Habana el 10 de abril de 1969, pero todos ignoramos hasta el presente si acaso dejó algún documento donde pudiéramos hallar sus ideas sobre el enorme impacto que ese rumbo ideológico ha ocasionado en el espesor y en el sabor de nuestro ajiaco.[iii]

La denotación inmediata de la palabra racismo como repudio, persecución, discriminación y segregación en contra de otro color considerado inferior, ha sufrido -insisto, ha sufrido- de abundancia represiva: los cubanos padecemos un neo-apartheid, basado no siempre en la pigmentación, ni en la forma de la nariz o de los pómulos, ni en la línea de los labios ni en el tipo de cabellos, ni de cualquier otro rasgo antropomórfico.

Tan grave como lo señalado atrás es la exclusión social de cualquier cubano que no profese, pública y activamente, su admiración y apoyo a la ideología dominante. Ello afecta a negros, achinados de cualquier matiz, jabaos, moros, “pelicoloraos”, mulatos, blancos, la suma de todas esas combinaciones y la multiplicación de todos esos procesos.

El racismo gubernamental perjudica a socialcristianos, neo-liberales, democristianos, socialdemócratas, eco-pacifistas, activistas por los derechos humanos, feministas de tendencia no federada y a los marxistas de la familia perestroika o glásnost. A los católicos, a los protestantes, a los judíos, a los islámicos, a los budistas, a los ortodoxos, a los santeros, a los paleros, a los abakuás, a los ñáñigos, a los espiritistas, a las logias, a los panteístas, a los ateos y a los agnósticos.

No sólo se han abolido los derechos a la propiedad privada y el pluralismo de partidos, la libertad de expresión y de movimiento o la elección de las preferencias sexuales. Cuando en Cuba alguien ha criticado la supresión de esos valores y luchado por rescatarlos, además de parar en la cárcel o en el paredón, se le ha caracterizado de cavernícola, lacayo, gusano y apátrida. Todos los que estamos en esta sala, y de acuerdo con el vocabulario oficial de la Isla, dejamos de ser cubanos desde el instante en que disentimos y, peor aún, desde el momento en que de una u otra manera abandonamos físicamente el archipiélago. No importa el color de la piel sino el del credo político. Esta es la desoladora leyenda del socialismo marxista-leninista en la historia más reciente de Cuba.

A la exterminación de los aborígenes denunciada por el Padre Las Casas, se adicionan los testimonios de millones de cubanos tratados como no-personas debido el mero hecho de su falta de simpatía por el régimen.

¿Han desaparecido, por consiguiente, la discriminación y la segregación basada en el color de la piel y en la cultura? No, persiste. Pero estamos ante un problema nuevo: todos los cubanos gozan de acceso efectivo a la instrucción gratuita, están presentes en las distintas esferas de la actividad humana. Hay muchos obreros, campesinos, técnicos y profesionales negros en la Cuba de hoy. El ejército y las fuerzas policiales cuentan con numerosas tropas y oficiales negros. Los conjuntos artísticos, sean el ballet, la danza moderna, los grupos teatrales, las orquestas, el cine, la radio, la televisión, la literatura, las artes plásticas, reúnen y promueven a los negros y también a los demás.

Hay abundantes parejas interraciales. No hay barrios exclusivos para negros o para blancos o para mixtos, en el sentido que tienen esas clasificaciones en los Estados Unidos de América. No hay necesidad de crear un sistema anti-segregacionista en las escuelas. No hay clubes sólo para blancos, sólo para negros, sólo para mulatos, sólo para discriminarse. Estoy hablando de la fachada únicamente. De aquello que el sistema utiliza como testimonio de inocencia.

Sin embargo, la población dominante en las ciudadelas, que es el eufemismo por “villas-miseria” o “guetos”, es negra. Todavía más: la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas en su visita a las cárceles cubanas (1988), anotó en su Informe “que un número considerable de presos era de raza negra” (25). Cuando le comentaron este detalle al Vicepresidente del Consejo de Estado (¿Carlos Rafael Rodríguez?), el funcionario “reconoció que existe una desproporción entre el peso relativo de la raza negra en la población total y su peso relativo en la población penal…” y que “los individuos de esta raza constituyen la mayoría entre las capas más pobres de la sociedad…” aunque “en forma alguna es expresión de una política de discriminación racial sino un residuo del pasado contra el que el régimen todavía sigue luchando.” [iv]

Culpan sólo al pasado -al capitalismo- como si la propia revolución no tuviera aún su propio pasado. Es decir a treinta años de juramentada igualdad socialista la mayoría de la población negra vive hacinada, con muy precarias o inexistentes comodidades sanitarias, devengando bajos salarios, desertando de las escuelas, dedicándose a actividades delictivas y engrosando con terrible ventaja numérica las cárceles del país.

En los niveles máximos del gobierno y del partido comunista, la desproporción es también evidente pero al revés. ¿Cuántos ministros negros hay? ¿Cuántos miembros efectivos del Buró Político son negros? ¿Cuántos integrantes del Comité Central? ¿Cuántos generales en el ejército y en el Ministerio del Interior? ¿Cuántos negros hay en el Consejo de Estado?

Las expediciones militares en África aportan otras interrogantes: ¿Cuántos soldados afrocubanos murieron en la guerra entre Etiopía y Somalia? ¿Cuántos en Angola? El gobierno de Fidel Castro negaba, en los momentos iniciales de esas invasiones, que hubiese presencia del ejército de la isla en esos combates. También escamoteaba que el grueso de las tropas estaba formado por negros. Ningún satélite espía, ningún avión de reconocimiento del enemigo puede diferenciar con exactitud a un negro etíope o angolano de uno caribeño. Para morir a nombre del internacionalismo ser negro constituía un privilegio mortal.

Sin embargo, cuando el negro cubano persiste en mantener sus tradiciones de origen africano el caso es atendido de manera bien diferente. Debe escudarse en los grupos folklóricos, apadrinados por el Ministerio de Cultura, para sobrevivir. Entonces el Estado los admite en su seno a modo de orgullosa manifestación viva de nuestro pasado -enfatizo, pasado- y como a una de las raíces más vigorosas de la nación. Los santeros que ejercen por cuenta de sus orishas y no del Partido Comunista viven otra suerte. Están bajo el permanente escrutinio de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), de la policía, del poder popular y de los tribunales. Nuevos rancheadores para nuevos cimarrones.

Algunos ideólogos del régimen discrepan de los juicios y de las afirmaciones que he adelantado. Miguel Barnet, por ejemplo, es uno de los más importantes expertos en el tema que estamos abordando. Al recibir a la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas, en 1988, dijo que en cuanto a “la Unión de Escritores y Artistas de Cuba… sus miembros profesan diversos cultos religiosos” y que dicha Unión “agrupa a marxistas ortodoxos y liberales, así como a católicos y a quienes practican el culto de la santería” (51). En el mismo informe se cita un testimonio de Ambrosio Fornet, entonces “responsable de la política editorial de la Unión,” según el cual “la orientación ideológica de un trabajo literario no era un elemento que se tomaba en cuenta al decidir su publicación, aunque mencionó “[que]… por ejemplo la Unión prefiere no publicar una obra que presenta una visión parcializada o distorsionada de la Revolución” (51).  Igualmente, Abel Prieto “… expresó que no han ocurrido casos de expulsión de miembros de la Unión, habiéndose tan solo separado a algunas personas por haber infringido los principios de la ética profesional, sea por plagio, mercenarismo artístico o abandono del país y traición a la Revolución” (51). La ideología oficial consistiría en “integrar” a creyentes e intelectuales en instituciones de donde pueden ser expulsados si no comulgan con el socialismo.

Posiblemente deseándolo, o quizás exigiéndolo, ha dado un vuelo intelectual peligroso: a nombre de una teoría que se proclama revolucionaria, adopta los patrones ideológicos de los esclavistas: si el negro quiere ser tolerado en esta sociedad, si pretende sobrevivir, ha de venerar las reglas de juego de la nomenclatura marxista-leninista. Que el día de los CDR salga a festejar a los patrones y que vista los trajes apropiados; que sus santos obedezcan y se subordinen al panteón del partido único. Que el negro se haga miliciano, cederista, internacionalista, comunista y fidelista. Si al final insiste en adorar a Babalú Ayé, a Elegguá, a Changó, a Yemayá, a Orula, a Olofi, que no los ponga a pelear con Karl Marx, Friedrich Engels, Vladimir Lenin, Yosef Stalin o Fidel Castro. El Elegguá de estos tiempos tiene que abrir los caminos trazados por el secretario general y su buró político.

 

En cuanto a la falta de acceso a los medios masivos de comunicación por las diferentes religiones, José Felipe Carneado, quien fuera jefe del Departamento de Asuntos Religiosos del Comité Central, ha expresado: “…si se quisiera ofrecer el uso de medios de comunicación a las distintas iglesias existentes, el Gobierno carecería de espacio suficiente para llevar adelante sus campañas en el campo social” (31). He traído el tema de las religiones porque no podemos siquiera aproximarnos a la cultura y a las llamadas razas, sin interesarnos por un asunto tan fundamental. El IV Congreso del Partido Comunista de Cuba (1991) se propone incluir en su agenda el ingreso de los creyentes entre la militancia tradicional:

Para promover esos objetivos, el partido tiene que ser un luchador consciente

Y consecuente dentro de la sociedad contra los rezagos de desigualdad y

discriminación de sexo, de raza, o de cualquier otro tipo que puedan existir, por

sutiles que estos sean, lo que supone, entre otros aspectos, la comunicación

sincera con capas y sectores sociales que tienen intereses específicos, entre

ellos los creyentes de los diferentes credos religiosos que comparten nuestra

vida y asumen nuestro proyecto de justicia social y desarrollo, aunque en

algunos aspectos de la ideología se diferencien de nosotros. (http://congresopcc.cip.cu/wp-content/uploads/2011/02/Llamamiento-al-IV-Congreso.pdf)[v]

Castro se ha reunido con un sector de la iglesia protestante para proponer nuevas reglas a las tablas de la ley en la Isla. Una de las réplicas más sensatas a dicha estrategia la dio Monseñor Jaime Ortega Alamino, Arzobispo de la Habana, mediante una Carta Pastoral titulada “¿Católicos en el Partido Comunista?”: “En otras palabras, el creyente sería admitido en un partido que, en la cuestión religiosa, toma partido por la no creencia como la mejor propuesta para el hombre y la sociedad…Más práctico y más urgente aún, me parece que sería someter a la Asamblea Nacional del Poder Popular un proyecto de ley sobre religión donde se plasmaran los derechos y deberes de los creyentes y de las instituciones religiosas de nuestra sociedad” (1990).[vi]

Se trata de un callejón sin salida motivado no por la elección entre el derecho a creer no. Es un conflicto más profundo, porque la tesis de la coexistencia descansa en la subordinación de todos los demás a un solo discurso político-cultural “pero siempre aplaudiendo” como escribiera Heberto Padilla en sus “Instrucciones para ingresar en una nueva sociedad.”

En este contexto, la discriminación no está limitada sólo a la pigmentación, al origen étnico, a una decisión espiritual o a las formas de la propiedad sobre los recursos naturales, la producción o los servicios. Es algo que trastorna el entendimiento mismo de cuanto aceptamos y propugnamos por cubanidad en el sentido de ajiaco y de la cazuela abierta. Sencillamente y como definió Monseñor Jaime Ortega es un reto “insuperable”, pues el proponente -el partido único- no está compartiendo la nación, sino pretendiendo montar un coro que parezca polifónico.

El desafío es grave. Hay muchas vicisitudes en el terreno de la actual cubanidad, aquí y en la Isla. Cuando se estrenó el documental Havana (1990) de Jana Bokova hubo muchas opiniones interesantes entre los cubanos exiliados. Varias fueron reproducidas por la prensa en español del sur de la Florida. Cierta señora mostró asombro debido a lo que ella califica de “haitianización” de nuestro país. Lo curioso es que siempre estuvimos “haitianizados” desde que los primeros colonizadores exterminaron a los aborígenes y se decidió suplantarlos con la mano de obra africana. Siempre estuvimos “achinados” desde que la supresión de la trata hizo pensar en la utilidad de los culíes. Siempre estuvimos europeizados desde que el Almirante trajo su flotilla, integrada en parte por personas de conflictivos expedientes criminales y en parte por gentes laboriosas y temerosas de Dios; de judíos que escapaban de los acosos en la España del siglo XV. En los puertos de Cuba desembarcaron irlandeses, canarios, norteamericanos, ingleses, turcos, egipcios y cuanta criatura se sintió atraída o arrastrada por el delirio del Nuevo Mundo.

Ése es el ajiaco criollo al que se refiere Ortiz. El discurso de la cultura cubana que todos vamos a recrear en el futuro exige esa conciencia: que cada cual sea capaz de afirmar a sus ancestros y de convivir con los otros en condiciones de honesta igualdad. Que cada cual lleve su ofrenda al ajiaco y que cada cual lo saboree. Pero importante como todo ello es que una vez levantada la tapa de la olla, nadie pueda volver a cerrarla jamás.

No debe haber sitio para que prosperen ni las antiguas ni las nuevas intolerancias. Somos muchos los discriminados aquí y allá. Nunca se hizo un ajiaco con una sola vianda ni con una sola carne. Los racistas de cualquier bando deberían pensar que para llamarse cubanos tienen, ante todo, que deponer esos prejuicios. Con la cazuela abierta: ése es el único modo de ser cubanos.

Saint Louis, MO 1989 – Texas, siempre en Texas, abril y mayo de 2016

[i] Ofrecí esta ponencia en 1989 en el Kean University, Union City, New Jesery, invitado por las personas mencionadas en este párrafo y en la ocasión señalada. Las referencias al contexto histórico-político tienen como marco de referencia ese período, aunque en el presente (2016) muchas de ellas conservan actualidad.

[ii] Fernando Ortiz. “Los factores humanos de la cubanidad”. Órbita de Fernando Ortiz. Selección y prólogo de Julio Le Riverend. La Habana: Ediciones Unión. Colección Órbita, 1973: 149-157. Originalmente publicada en Revista Bimestre Cubana. No. 2 Vol. XLV, La Habana, marzo-abril 1940: 161-186.

[iii] Fecha proporcionada por Julio Le Riverend (48).

[iv] Datos tomados de Naciones Unidas. Consejo Económico y Social. Estudio del Informe de la misión realizada en Cuba de acuerdo con la decisión 1988/106 de la Comisión de Derechos Humanos. Original Español. 21 de febrero de 1989. 380 Pp. Salvo lo contrario, los criterios de Barnet, Fornet y Prieto proceden de esta fuente.

[v] En los Estatutos del PCC de 1991, inciso J se lee: “Enfrentar resueltamente los prejuicios y conductas discriminatorias por color de la piel, género, creencias religiosas, orientación sexual, origen territorial y otros que son contrarios a la Constitución y las leyes, atentan contra la unidad nacional y limitan el ejercicio de los derechos de las personas” (http://www.pcc.cu/pdf/documentos/estatutos/estatutos6c.pdf).

[vi] Diario Las Américas. Domingo 29 de julio de 1990: 4-A.

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Acerca de Elige tú que canto yo

Scholar, writer and professor of Spanish at Sam Houston State University, Huntsville, Texas. Married to Jill Saumell (maiden name Offerman) , three children, four grandchildren. A member of ANLE, Academia Norteamericana de Lengua Española. US Academy of the Spanish Language, one of the 22 academies of the Royal Academy of the Spanish Language (RAE). Author of three academic essays: La corte del supremo espectáculo. La Habana: Ediciones Unión, 1979. A Cultural History of the Cuban Radio and Television. The entire edition was converted into pulp paper by order of the Department of State Security; En Cuba todo el mundo canta. Madrid: Editorial Betania, 2008. A tale of my prison experiences. In Cuba.; La cárcel letrada. Madrid: Editorial Betania, 2013. The Enlighted Prison. Cuban Prison Narrative from 1836 to 1992. Co-author and writer of several scholarly books, for example the writer of Carlota Caulfied's entry in Latin American Women Writers: An Encyclopedia. María Claudia André and Eva Bueno, eds. New York: Routledge, 2007: 113-114; Alejo Carpentier and José Martí's entries in Wiley-Blackwell Encyclopedia on Latin American Postcolonial Literature (forthcoming). Have published scholarly (peer reviewed) and popular media (journals, magazines, newspapers)essays on Human Rights and Spanish American Literatures in Cuba, France, Spain, Spanish America, the United States, and the United States. Talebú is the name of my own literary blog (https://talebu.wordpress.com/). A former political prisoner (1981-1986). US naturalized citizen (1994).
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