Triste flor y responso por mi padre Rafael Saumell Pérez

Mi padre y algunos de sus nietos.

Mi padre y algunos de sus nietos.

(Santiago de Cuba, 13/03/1929-Huntsville, Texas, 28/03/2015)
A mis hermanos María de los Ángeles y Roberto en La Habana

Rafael E. Saumell
Sam Houston State University
Academia Norteamericana de la Lengua Española

Este obituario fue publicado originalmente en Otro Lunes, Nro. 37, Julio de 2015, Año 9.
Enlace: http://otrolunes.com/37/este-lunes/triste-flor-y-responso-por-mi-padre/

Mi abuelo Emilio Saumell, de la ciudad de Manzanillo, Cuba, fue boticario del Ejército Constitucional a principios del siglo XX. Según contaba mi padre, el viejo le hizo muchas anécdotas de la guerra de independencia de 1895 a 1898.
Una de ellas trata de un soldado mambí que va caminando por el campo y tropieza con un cráneo del cual sale una flor a través de una de las cavidades oculares. Aquel encuentro está resumido en unos versos que él persistentemente recordó: “Triste flor que has nacido/y tan fatal fue tu suerte/que el primer paso que diste/te encontraste con la muerte/El arrancarte me es muy triste/y el dejarte me es muy fuerte/porque dejarte con la vida/es dejarte con la muerte”.
Por alguna razón, mientras pensaba en lo que iba a decir en esta celebración de vida, me vino a la mente aquella conversación entre una voz poética y una flor nacida y crecida bajo la bóveda de un cráneo desde donde sale a buscar luz. De esa forma el poema reúne en un mismo sitio los dos principios esenciales de la existencia.
Por eso, y a partir de la urna sellada que hoy contiene las cenizas de quien aprendí los versos citados, hago uso de la memoria que de él conservo.
Ya todo es recuerdo desde la temprana madrugada del sábado 28 de marzo cuando rindió, tomando licencia de otros versos sencillos, la larga flor de su vida.

Durante ochenta y seis años más quince días fue todos los hombres sucesivos que decidió ser bajo un invariable nombre y par de apellidos. Lo conocieron sus progenitores Leopoldina y Emilio, los trece hermanos que le precedieron, amistades, vecinos, compañeros de trabajo, contrincantes, enamoradas, sus dos esposas y descendientes. Por ejemplo, Pura de la Caridad Muñoz Infante, mi madre, de la cual enviudó y Oria Osoria de quien se divorció. Con ella tuvo tres hijos: Roberto, Tania y María de los Ángeles.
Ha dejado su vida multiplicada en ocho nietos y tres biznietos. Igualmente, sufrió tres dolores supremos: cuando Tania murió calcinada a causa de un grave descuido que originó la explosión de un fogón doméstico de kerosén. Años después dos de sus nietos, Marianito Torres, hijo de María y de Mariano, y Abdel, de Manena y mío, cedieron a la enfermedad y a la tristeza, respectivamente. En 1956, cuando el cáncer devoró los huesos de mi madre, una muchacha de apenas veintitrés años, también debió decirles adiós a sus padres.
Por haber sido un hombre padeciente de muchas muertes quienes no lo trataron de cerca podrían haber pensado que su destino estuvo marcado únicamente por el luto y la melancolía. Todo lo contrario. Supo cargar con resignación y con extraordinario sentido del humor las repetidas bofetadas que la mala suerte le dio en la cara. ¿Cómo lo logró? Creo que lo hizo a fuerza de mucha resignación y gracias a la convicción aconsejable de que los acontecimientos graves deben sobrellevarse, precisamente, con más vida.
Las lágrimas y la depresión fueron para él un asunto de naturaleza privada. Las penas iban por dentro. Le asomaban durante los ratos de soledad. Entonces lo visitaban sus muertos o mis hermanos Roberto y María con quienes vivió hasta 1994, o los familiares y los amigos que están en la inalcanzable Cuba a la cual nunca regresó.

A ratos me hacía confesiones desconsoladas, sin llorar nunca, a raíz de una de sus conversaciones con los retratos de tantas gentes queridas, por ejemplo abuela Leopoldina, que fue colgando y llevando consigo a todas las casas donde residió en Cuba y en los Estados Unidos.
En diferentes hogares, ciudades y naciones hizo sus caminos. Comenzó a trabajar a incipiente edad como dicta el destino a las personas nacidas en familias pobres de solemnidad. Pronto supo en qué consiste el significado literal de doblar el lomo sin descanso. Por ese motivo apenas recibió instrucción formal. De adulto terminó el sexto grado.
Conoció el mundo. Por tal motivo le gustó siempre recordar una anécdota que le hice acerca del Papa Pablo VI. Al ser preguntado éste por el protocolo de NU cómo debían presentarlo ante la Asamblea General, prefirió simplemente que se empleara con él su título más preciado: experto en humanidad.
Eso fue mi padre y aún más: un individuo dotado de lo que en Cuba llamamos “vista de águila”, es decir, la capacidad muy loable, escasa y gran amiga de la prudencia que consiste en adivinar a través de pocos gestos, de los tonos y de las palabras de los otros, el tipo real de buena o mala humanidad de ciertos interlocutores. No le falló jamás.
Podía ver más allá de los velos y de las máscaras conque solemos cubrirnos los seres humanos en el escenario social. Fue enemigo franco de la hipocresía y fiel practicante de una agudeza mental muy sui generis, de ésa que corta rápido, con destreza y rapidez mortal la trastienda de la falsedad, asistido siempre por una certísima intuición que él denominaba “hijeputómetro”. Para algunos su mente y su lengua fueron puñales de seda, para los suyos, sus amados, de exclusiva seda.

Oficios, destrezas, virtudes y pecados no le faltaron: estibador en el puerto de Santiago de Cuba junto a su cuñado Jaime Pérez, recadero, mesero, preparador de sándwiches en la legendaria Fonda Pequeño de Guantánamo, obrero de la construcción, ex empleado de la cafetería Mr. Chicken, seductor exitoso, cuentero superiormente dotado de chistes de cualquier color y temperatura, jugador de dominó, tan bueno como lo fue José Raúl Capablanca en el ajedrez, frecuentador de prostíbulos, asiduo gozador de sus servicios, pareja y valedor oficial de bellas, cariñosas prostitutas que tanto me mimaron durante mi cruel etapa de niño recién huérfano.
Este hombre, insisto, fue además en un solo cuerpo y mente, líder sindical, luchador exitoso por el salario mínimo establecido en Cuba durante los cincuenta del siglo XX, para beneficio suyo y de sus compañeros, miembro del Movimiento 26 de Julio, huelguista el 9 de abril de 1958, alzado en las montañas con órdenes de captura contra él emitidas por la policía y por el ejército de la época.
Desde 1959 fungió de oficial de la Cruz Roja, de camillero encargado de recoger y de llevar a tumbas anónimas los cadáveres de fusilados en La Cabaña –“la ambulancia desbordada de sangre”, repetía–; de atender a los heridos y de retirar los cuerpos mutilados en el puerto de La Habana a causa de las dos estampidas en el barco La Coubre; de chofer y rescatista bajo bombas, balas y morteros durante los combates de Playa Girón/Bahía de Cochinos.
Luego sirvió de empleado en los talleres de la Marina Mercante debido a los buenos oficios y la amistad del Dr. Raúl Sorí Marín, entonces asesor jurídico; chofer de inspectores provinciales del Ministerio de Educación.
Fue estimado por abogados, jueces, policías, militares, diplomáticos, cantantes, artistas, músicos, escritores famosos, ministros y ex ministros, por compañeros integrados y por ciudadanos apocalípticos.
En un alto instante de su vivir, es decir, con debida honestidad, rechazó ser elegido obrero ejemplar, la antesala para ingresar al partido comunista, porque admitió sin ambages y sin miedo su antiguo trato promiscuo y comercial con mujeres.
A consecuencia de su talante de curioso desigual, lo mismo leyó bastante las obras de Miguel de Unamuno, que todos los números de la revista Playboy, a pesar del glaucoma y de que nunca aprendió inglés. Le tocó la juventud en el período de esplendor de Los chavales de España, de Pedrito Rico, de Panchito Riset, Lucho Gatica, Blanca Rosa Gil y Olga Guillot, de Elvis Presley y The Platters.
Quedan las fotos donde se comprueban sus períodos de levantador de pesas, de boxeador amateur, de seminarista, de revolucionario al estilo década de los cincuenta, o sea de conspirador y rebelde contra una dictadura de derechas, de disidente y de emigrante con causa, en bronca irremediable con el antiguo comandante.
Porque fue tantos hombres, porque en cada momento actuó con transparente sinceridad, errado o no, porque reconoció lo que había hecho bien, porque admitió lo que hizo mal y muy mal, porque no ocultó lo que optó por haber sido, merece respeto. Tuvo más vidas que un gato. Así lo conocí, así lo acepté, así lo rechacé, así lo admito. Él y yo hemos sido y seremos uña y carne de nuestras vidas pasadas, presentes y futuras. A lo largo de seis decenios he sido hijo de mi padre.
En una de las conversaciones finales que sostuvimos se quejó, con razón sobrada, de su repentina y agobiante malaise. A partir del mediodía del sábado 14 de febrero y hasta la madrugada del sábado 28 de marzo estuvo condenado a permanecer en cama. A la velocidad con que caen las gotas de los aguaceros de primavera, el hombre antes espigado, de seis pies de estatura, robusto, alerta y jaranero comenzó a encogerse, a debilitarse sin pausa, ahora alimentado mediante una sonda conectada a su estómago. Las empleadas del hospicio le celebraron y cantaron por su cumpleaños. Estuvo lúcido y animado aquella mañana del trece de marzo. Habló por teléfono con su sobrino Ernesto Horscheck en Mérida, Yucatán, con sus hijos en el Vedado. Sin embargo, no podía masticar, no podía tragar, no podía beber, no podía caminar, no podía.
Cuánto le avergonzaba haber perdido la privacidad de actos como el de bañarse, de orinar, de defecar, de limpiarse, de afeitarse. No era él sino un anciano vapuleado por los primeros golpes de la muerte que se anunciaba sin disimulo. Eran él y la cama, una enfermera que medía sus signos vitales, que lo alimentaba con Glucerna vertida en una jeringuilla grande y conectada al tubo que la llevaba al estómago; lo aseaban las asistentes que así lo liberaban de los detritus y de los pésimos olores despedidos por el cuerpo. El televisor no lo entretenía más.
“Yo que siempre viví en la calle, mira cómo estoy” “¿Cuánto va a durar esto, compadre?”, expresaba mediante lamentos serenos aunque portadores de ecos de dolor y de penas graves. Una tarde me pidió que le trajera uno de sus relojes, el más barato. No lo hice esperar, le di el mío. Deploraba no estar al tanto de las horas, si era de día o de noche, de los días de la semana. Una vez que le puse el reloj en la muñeca izquierda lo miró y dijo: “éste es el que de verdad me gusta”. “Es tuyo para siempre”, le respondí. Murió esa semana con el reloj puesto. Desde el martes 25 de marzo había perdido el conocimiento. Apenas daba señales de vida al preguntarle si me escuchaba, si me reconocía, conectado permanentemente a un tubito que le pasaba oxígeno, cada minuto más cercano al sueño de la muerte. Con dificultad alzaba la mano derecha para indicar que me oía.

Ahora me corresponde seguir narrando la saga de su vida, no la de su muerte. Me convencí de esa tarea cuando un amigo querido, Alejandro González Acosta, me comentó lo siguiente en un correo electrónico. “Recuérdate que los muertos no se van, se quedan dentro de uno”.
En Texas, siempre en Texas, noche del viernes 3 y madrugada del sábado 4 de abril de 2015.

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Acerca de Elige tú que canto yo

Scholar, writer and professor of Spanish at Sam Houston State University, Huntsville, Texas. Married to Jill Saumell (maiden name Offerman) , three children, four grandchildren. A member of ANLE, Academia Norteamericana de Lengua Española. US Academy of the Spanish Language, one of the 22 academies of the Royal Academy of the Spanish Language (RAE). Author of three academic essays: La corte del supremo espectáculo. La Habana: Ediciones Unión, 1979. A Cultural History of the Cuban Radio and Television. The entire edition was converted into pulp paper by order of the Department of State Security; En Cuba todo el mundo canta. Madrid: Editorial Betania, 2008. A tale of my prison experiences. In Cuba.; La cárcel letrada. Madrid: Editorial Betania, 2013. The Enlighted Prison. Cuban Prison Narrative from 1836 to 1992. Co-author and writer of several scholarly books, for example the writer of Carlota Caulfied's entry in Latin American Women Writers: An Encyclopedia. María Claudia André and Eva Bueno, eds. New York: Routledge, 2007: 113-114; Alejo Carpentier and José Martí's entries in Wiley-Blackwell Encyclopedia on Latin American Postcolonial Literature (forthcoming). Have published scholarly (peer reviewed) and popular media (journals, magazines, newspapers)essays on Human Rights and Spanish American Literatures in Cuba, France, Spain, Spanish America, the United States, and the United States. Talebú is the name of my own literary blog (https://talebu.wordpress.com/). A former political prisoner (1981-1986). US naturalized citizen (1994).
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