Los Beatles, medio siglo de hechizo. Jorge Posada Galigarcía.

Reproduzco el artículo del escritor Jorge Posada publicado hoy en El Nuevo Herald de Miami, Florida.

Jorge Posada y Rafael Saumell

Los Beatles iban a acabar con el apagado silencio que dejó en Europa la Segunda Guerra Mundial, pero todavía no lo sabían. Iban a ser ricos, adorados y famosos, pero ni les pasaba por la mente. Iban a provocar un frenesí nunca antes visto y a cambiar el mundo para bien y para siempre, pero aun no tenían ni idea.

Nacieron cuando el recuerdo de los bombardeos nazis que arrasaron con la mitad de Liverpool, la ciudad portuaria al norte de Inglaterra, seguía resonando en la conciencia de sus habitantes. Al principio no eran más que jovencitos de los suburbios que vivían obsesionados por el rock and roll que llegaba de Estados Unidos; unos muchachos que diariamente salían de sus casas para reunirse a tocar, a cantar y a soñar. Formaron una banda y actuaron sin descanso en clubes de mala muerte; pasaron trabajo, hambre y frío y podían haber seguido siendo unos desconocidos. Sin embargo, como en los mejores cuentos de hadas, el destino quiso que representaran el espíritu indomable y ávido de toda una generación y se convirtieran en el fenómeno musical más grande del siglo XX. Hace 50 años que los Beatles pisaron suelo norteamericano, y desde ese instante nada volvió a ser igual.

El 7 de febrero de 1964 pasó a la historia como el día D de la invasión británica. Los Beatles, la banda inglesa que venía alborotando a la juventud norteamericana, se bajó del avión en el Aeropuerto JFK, de Nueva York, para enfrentarse a una muchedumbre dispuesta a todo con tal de ver de cerca a los responsables de I Want to Hold your Hand, el single que, lanzado el 26 de diciembre, ya había vendido millón y medio de copias.

Aparecieron y lo pusieron todo patas arriba. Apenas 18 meses después de entrar en los estudios de grabación de Abbey Road, el grupo causó un arrebato en todo el Reino Unido que pronto se extendería a toda Europa.

Aunque los Beatles eran el conjunto más famoso de todo el país, no eran conocidos más allá del circuito de Hamburgo, Alemania y del noroeste del país hasta que su tenaz mánager Brian Epstein les consiguió la oportunidad única de presentarse ante el público de Estados Unidos: el trampolín que los lanzaría a la conquista del planeta.

Más de un análisis señala al asesinato del presidente John F. Kennedy, el 22 de noviembre de 1963, como uno de los factores que tuvieron que ver con el avasallador triunfo de los Beatles en Estados Unidos. Al sueño optimista americano le habían pegado un balazo en la cabeza, y a comienzos de 1964 a la juventud le hacía falta urgentemente algo que le sacudiera el luto.

En ese momento, los héroes originales del rock and roll estaban fuera de la escena por diferentes razones: Elvis Presley había regresado del ejército y no hacía más que filmar películas aburridas; Little Richard había encontrado a Dios; Chuck Berry tenía problemas con la ley; Jerry Lee Lewis la pasaba mal por haberse casado con su prima de 14 años, y Buddy Holly había muerto recientemente en un accidente de aviación.

Para la prensa norteamericana, la locura que fue el recibimiento dado a los Beatles no hacía más que reafirmar su teoría de que los cuatro melenudos no eran más que otro invento que desaparecería una vez pasada la fiebre para dejar paso al próximo ídolo. Sin embargo, la improvisada conferencia de prensa en el aeropuerto de Nueva York puso a los periodistas frente a cuatro muchachos de respuestas ingeniosas y rápidas y, genuinamente divertidos con toda la situación. Si eran un invento, eran uno de los buenos. Faltaba comprobar si esos cuatro tipos sabían tocar.

Pero los Beatles sabían tocar con una inequívoca voracidad y, además, cantaban prodigiosamente bien; con unas letras limpias, diáfanas, juveniles. A las ocho de la noche del domingo 9 de febrero de 1964, todo el país se sentó frente al televisor para ver en The Ed Sullivan Show, su primera actuación en tierra estadounidense. Nada menos que 73 millones de personas –un récord de audiencia cuando aquello– pudieron comprobarlo en vivo y en directo, cuando el cuarteto arrasó en el programa con All My Loving, Till There Was You, She Loves You, I Saw her Standing There y, por supuesto, I Want to Hold your Hand. El público se encontró con John Lennon y Paul McCartney haciendo arreglos de voces asombrosamente perfectos; con George Harrison tocando en su guitarra unos creativos acordes que estaban a años luz de lo que se escuchaba en todas partes, y con Ringo Starr golpeando la batería con la intensidad de un músico en plena madurez.

Varios periódicos describieron lo ocurrido como Beatlemanía y el término se quedó. El mito asegura que, durante los 10 minutos que duró el show, en Nueva York no se cometió ningún delito. Tal vez no sea del todo cierto, pero la leyenda lo ha hecho creíble.

A partir de ese día, a ambos lados del Atlántico, los Beatles empezaron un reinado que solo llegaría hasta 1970, pero que dejaría una marca imborrable.

John, Paul, George y Ringo –así, casi sin necesidad del apellido– provocaron una alegre apoteosis que inspiraría la transformación cultural y social más importante de la posguerra e impactaría a todo el universo. Los Beatles terminaron siendo los extraños dioses de toda una época: cuatro muchachos de provincia que se enfrentaron al sistema establecido y ganaron. Y entonces aparecieron las melenas, las barbas, los bigotazos, las ropas de mil colores, y las mujeres y los hombres aprendieron a ser más libres, a descubrir la sexualidad, a colgarse flores y collares, y todo se llenó de ellos y todo cambió y todos cambiamos.

La inmortal grandeza de los Beatles se comprende oyendo una vez más sus canciones y disfrutándolas como si fuera la primera vez. Y de pronto, parece que 1964 fue ayer, que mereció la pena vivir todo eso, porque después de medio siglo una generación tras otra se sabe de memoria sus canciones; el hechizo de los Beatles sigue hoy en millones de corazones y el tiempo se niega a pasar por él.

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Acerca de Elige tú que canto yo

Scholar, writer and professor of Spanish at Sam Houston State University, Huntsville, Texas. Married to Jill Saumell (maiden name Offerman) , three children, four grandchildren. A member of ANLE, Academia Norteamericana de Lengua Española. US Academy of the Spanish Language, one of the 22 academies of the Royal Academy of the Spanish Language (RAE). Author of three academic essays: La corte del supremo espectáculo. La Habana: Ediciones Unión, 1979. A Cultural History of the Cuban Radio and Television. The entire edition was converted into pulp paper by order of the Department of State Security; En Cuba todo el mundo canta. Madrid: Editorial Betania, 2008. A tale of my prison experiences. In Cuba.; La cárcel letrada. Madrid: Editorial Betania, 2013. The Enlighted Prison. Cuban Prison Narrative from 1836 to 1992. Co-author and writer of several scholarly books, for example the writer of Carlota Caulfied's entry in Latin American Women Writers: An Encyclopedia. María Claudia André and Eva Bueno, eds. New York: Routledge, 2007: 113-114; Alejo Carpentier and José Martí's entries in Wiley-Blackwell Encyclopedia on Latin American Postcolonial Literature (forthcoming). Have published scholarly (peer reviewed) and popular media (journals, magazines, newspapers)essays on Human Rights and Spanish American Literatures in Cuba, France, Spain, Spanish America, the United States, and the United States. Talebú is the name of my own literary blog (https://talebu.wordpress.com/). A former political prisoner (1981-1986). US naturalized citizen (1994).
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