Entré a mi casa

Entré en mi casa
“Entré en mi casa; vi cómo cansada/entregaba a los años sus despojos”
Francisco de Quevedo y Villegas (“Enseña cómo todas las cosas avisan de la muerte”).

Adiós a Marianao

Adiós a Marianao

Adriana Chávez y Andrés Solares llevan muchos años de casados y los cuento entre mis buenas amistades. Él y yo fuimos compañeros de presidio en la Zona 1 de La Cabaña (los fosos) y en el edificio 3, ala sur, del Combinado del Este. Nos acusaron de haber cometido el delito de Propaganda Enemiga –a él por intentar resurgir el Partido Revolucionario Cubano y pedir apoyo internacional; a mí por el contenido no publicado de algunos escritos. Nos juzgaron en una misma mañana de mayo de 1982 en la Sala de los Delitos contra la Seguridad del Estado del Tribunal Provincial de La Habana. Mientras esperábamos en el calabozo a que se efectuaran nuestros respectivos juicios, a él vinieron a buscarlo primero. Mi “turno del ofendido” se produjo inmediatamente después. Al llegar al piso donde tenían lugar los procesos coincidí con sus familiares que ya se marchaban. Todos iban serios y compungidos, una señora canosa y de pelo corto lloraba quedamente. Lo sentenciaron con severidad. Su abogado fue Aramís Taboada. De esos sucesos doy cuenta con más detalles en el libro En Cuba todo el mundo canta. Betania: Madrid, 2008.
Hace un par de meses los visité en su casa de Miami. En un momento, Adriana se ausentó del salón donde conversábamos los tres y regresó con una pequeña colección de fotografías antiguas, en blanco y negro, tomadas el 8 de mayo de 1988 por la Sra. Mercedes García, madre del ex preso político Juan Manuel Cao, durante la despedida y cena organizada en mi casa el día antes de que mi familia y yo viajáramos a los Estados Unidos. Andrés no sabía que existieran. Sobra decir que yo tampoco. Adriana, que asistió a la despedida, las había recuperado recientemente.
Repito: fue en una tarde remota, hace más de un cuarto de siglo, “en vísperas de un largo viaje” del cual no hemos regresado ninguno de los dos. Es decir, Andrés y yo, Adriana sí, para ver a la madre retornó: “estoy pensando en Vd. Yo sin cesar pienso en Vd…Pero conmigo va siempre…el recuerdo de mi madre.”
Era una grande y vetusta casa construida hacia 1928, de grandes salones y puntales, de altas columnas de mármol bruñido, alumbrados con pesadas lámparas de bronce, piso de losas, ventanas protegidas por rejas de hierro y puertas plegables que no impedían la invasión del polvo copioso, de las nubes negras de hollín lanzadas por la chimenea del ingenio azucarero ubicado en las cercanías, del ruido infernal generado por el tráfico de miles de personas y de centenares de vehículos, lo típico de una de las esquinas más céntricas de Marianao: Calle 124 entre 49 y 51, a una cuadra de la Plaza y a dos del Anfiteatro, tránsito y paradero de los ómnibus que viajaban a Artemisa, antesala del reparto La Lisa, de las carreteras que conducían a Bauta, a Guanajay, a Pinar del Río, no lejos del puente sobre el apestoso río Quibú, en medio de Coco Solo, al lado de Palo Cagao’, de Ciudad Libertad, antes Campamento de Columbia, de Maternidad Obrera, de los hospitales Liga contra la Ceguera y del Carlos J. Finlay, al frente de la antigua Casa de Socorros y de la estación de policía, nada distante de otra unidad policial, precisamente adonde me llevaron detenido antes de mandarme en un auto Lada, a toda máquina, para Villa Marista, sede de la oficina de instrucción y de las mazmorras de los Órganos de la Seguridad del Estado.
Por décadas la casona sirvió a la vez de bufete, notaría y residencia propia del Dr. Magdaleno Chils Navarrete y de su familia, es decir de los abuelos y de la madre (Gladys) de mi ex esposa Manena con quien tuve dos hijos, Abdel (1975-2000) y Michael (1981). Allí viví nueve años en dos períodos distintos: desde julio de 1974 cuando Manena y yo nos casamos hasta el 14 de octubre de 1981 fecha de mi arresto. Volví en 1986 luego de ser excarcelado.
En mayo de 1988 la dejamos atrás en una mañana donde nuestros vecinos, como tarea del CDR, barrían la acera de la cuadra y nos miraban partir agarrados a sus palos de escoba y de recogedores de basura.
Las fotos que me mostró Adriana no son las originales sino copias de las conservadas por la Sra. García. Ese detalle, sumado al paso del tiempo, han hecho que se las vea muy oscuras pero no tanto como para que no puedan distinguirse bien las personas que compartieron con nosotros aquellas horas finales. Unos siguen en el reino de este mundo, otros se han ido, cada cual en un sitio de la galaxia que, debido a nuestros destinos, casi siempre empieza en La Habana, entendido el sitio como nombre genérico de los nacidos en la isla. Veo las figuras de los vivos y de los que hoy son muertos memorables. Me duele mirar los rostros de los ‘desaparecidos’, o sea de aquellos de quienes no hay noticia. ¿Dónde estarán? ¿Qué habrá sido de ellos? He escuchado leyendas y conjeturas sobre esas personas tan cercanas, fijas en la instantánea pero movibles desde el minuto en que nos dijimos adiós, chao, en la puerta o en el portal de la casona.
Hay un detalle de aquel día que había olvidado: del menú servido yo solamente recordaba camarones en su salsa y arroz blanco. Adriana me aclara que ella llevó un pernil de puerco asado. ¿Por qué se me escapan pormenores tan importantes de un día como el que vengo contando?
Igualmente noté que en ninguna de las fotos salvadas aparece Abdel, mi hijo mayor. Sin embargo, una repentina iluminación me aclaró el enigma: con su mejor amigo del barrio se había ido sin nuestro consentimiento al estadio del Cerro donde esa noche jugaba su equipo Industriales. Había ido a despedirse, de cierta manera, de una parte esencial de la vida: de su mejor amigo, de un espacio “donde tan bien se está” y de figuras públicas que le resultaban entrañables. Abdel tampoco está hoy con nosotros. Precisamente por su ausencia en los retratos debo revivirlo en estas líneas. Michael sí está, al lado de uno de los hijos del matrimonio de Andrés y Adriana.
No había aclarado si ella, luego de la visita, me mandó copias a Texas. Sí, las tengo. Las escaneó, me las mandó por correo electrónico. Ahora descansan en un par de archivos de memorias portátiles: la mía y la del artefacto electrónico que no les aseguran la eternidad y sí, al menos, una posteridad más duradera.
Desde que las vi me obsesionaba la opacidad de las fotos: quería ver más claro el pasado que siguen reteniendo. Se las di a un joven que maneja muy bien los programas de fotografías computarizados para intentar sacarles más luz a aquellos esplendores casi velados. Una vez editadas, me di cuenta de que las paredes de la casa estaban muy descascaradas, los muebles demasiado viejos. A falta de rejillas había cubierto los huecos de los espaldares con pedazos de madera. La mesa del banquete, “la mina abierta de Matahambres”, se hacía pequeña dada la cantidad de comensales, los amigos comían con buen apetito, concentrados en sus platos, uno solo se fija en el lente de la cámara, varios están de pie, los otros sentados, en aquel momento de esa tarde el mundo giraba en torno a la mesa.
Los bombillos de las lámparas despiden rayos tímidos como si desde su centro en el vacío transmitiesen un fulgor tenue, tan debilucho que parecen velitas de cumpleaños redondeadas. Hay un brindis, estoy de pie cruzando copas (¿teníamos copas? ¿de dónde salieron?) con uno de los amigos sentado frente a mí. Su perfil es apenas distinguible porque lo cubre en parte el cuerpo de mi hijo Michael que está de espaldas al lente. Frente a éste y al otro extremo de la mesa dos invitados alzan sus copas, brindan, sonríen, se les ve contentos en ese lapso. Estoy retratado con dos de los invitados: a la izquierda yo, vistiendo lo que parece ser una guayabera (¿de dónde la habré sacado?), usando unos espejuelos de cristales anchos; al centro una señora hermosa, de mediana edad, melena corta, sonrisa de dientes inmaculados y correctamente alineados. Por esa época ella era muy cordial y amistosa, luego se dedicó a pronunciar acusaciones muy hostiles contra mí pero a los pocos meses cambió de opinión, me colocó en mejor sitio. Aún sigue en La Habana acompañada de su legión de perros, las memorias de un viaje a Japón y la buena poesía que escribe. En el extremo de la derecha hay un joven de cabellos y barba notables, es pintor, tiene un nombre y un apellido que ni sacados de uno de los personajes de las comedias del Siglo de Oro español. Pertenece a la lista de ‘desaparecidos’. Lo más fácil sería que yo apuntase aquí su santo y seña pero me entra una duda: ¿y si él desea seguir fuera de la línea del horizonte?
A unos escasos días de llegar a Miami y de establecernos en Saint Louis, Missouri, sacaron a Andrés del Combinado del Este y lo condujeron al Combinado del Este. Allí se reunió con sus familiares que partirían en el mismo vuelo. Me cuenta él que las autoridades lo hostigaron hasta el último instante, en esta oportunidad a causa de unos documentos, se resistían a que se los llevara. Un supervisor consintió en liberarlos tal y como horas antes habían hecho con el propietario.
La casa de Adriana y de Andrés, la de hoy, tiene un patio hermoso con varios árboles frutales, hay mameyes por ejemplo, la yerba es intensamente verde. Es un espacio grande, “no un espacio colosal, un espacio mínimo donde ellos pueden descansar”. En la mía de Texas, en el jardín de la entrada, he sembrado plátanos. Este año han crecido de modo tal que se han estirado por encima del techo. Han parido tres racimos abundantes, pesados, capaces de doblar los troncos de los cuales formaban parte. Es la única residencia del barrio cuyo jardín no tiene ni flores ni arbustos podados simétricamente. Simplemente plátanos. Claro que me he retratado con ellos. Detengo estas memorias aquí, temporalmente subrayo, porque quiero compartir unas ideas de Gastón Bachelard en “Casa y universo” (La poética del espacio):
“En efecto, la casa es primeramente un objeto de fuerte geometría. Nos sentimos tentados de analizarlo racionalmente. Su realidad primera es visible y tangible. Está hecha de sólidos bien tallados, de armazones bien asociadas. Domina la línea recta. La plomada le ha dejado la marca de su prudencia y de su equilibrio. Un tal objeto geométrico debería resistir a metáforas que acogen el cuerpo humano, el alma humana. Pero la trasposición a lo humano se efectúa inmediatamente, en cuanto se toma la casa como un espacio de consuelo e intimidad, como un espacio que debe condensar y defender la intimidad. Entonces se abre, fuera de toda racionalidad, el campo del onirismo”

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Acerca de Elige tú que canto yo

Scholar, writer and professor of Spanish at Sam Houston State University, Huntsville, Texas. Married to Jill Saumell (maiden name Offerman) , three children, four grandchildren. A member of ANLE, Academia Norteamericana de Lengua Española. US Academy of the Spanish Language, one of the 22 academies of the Royal Academy of the Spanish Language (RAE). Author of three academic essays: La corte del supremo espectáculo. La Habana: Ediciones Unión, 1979. A Cultural History of the Cuban Radio and Television. The entire edition was converted into pulp paper by order of the Department of State Security; En Cuba todo el mundo canta. Madrid: Editorial Betania, 2008. A tale of my prison experiences. In Cuba.; La cárcel letrada. Madrid: Editorial Betania, 2013. The Enlighted Prison. Cuban Prison Narrative from 1836 to 1992. Co-author and writer of several scholarly books, for example the writer of Carlota Caulfied's entry in Latin American Women Writers: An Encyclopedia. María Claudia André and Eva Bueno, eds. New York: Routledge, 2007: 113-114; Alejo Carpentier and José Martí's entries in Wiley-Blackwell Encyclopedia on Latin American Postcolonial Literature (forthcoming). Have published scholarly (peer reviewed) and popular media (journals, magazines, newspapers)essays on Human Rights and Spanish American Literatures in Cuba, France, Spain, Spanish America, the United States, and the United States. Talebú is the name of my own literary blog (https://talebu.wordpress.com/). A former political prisoner (1981-1986). US naturalized citizen (1994).
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8 respuestas a Entré a mi casa

  1. Excelente texto. Un placer leer esta contemplación de memoria y espacio.

  2. Jorge Chavarro dijo:

    Tal como todo oo suyo, lleno de poesia, saturado del esplendor de la vida que respira uno en los recuerdos.
    Jorge Chavarro

  3. Raúl Ortega Alfonso dijo:

    Saumell es un escritorazo.

    Un abrazo fuerte.

  4. Ram dijo:

    Gracias por compartir, una vez más, fotos y entrañables recuerdos. Siempre que llegue a Cuba regresaré a esa casa.

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